La circularidad es una cuestión de competitividad. Una reflexión sobre por qué las empresas deben acelerar la transformación por Cristina Vázquez, CEO de TEIMAS.
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Por Cristina Vázquez, CEO de TEIMAS
Las empresas entienden qué significa circularidad, los reguladores han establecido marcos normativos cada vez más exigentes, los inversores incorporan métricas ESG en sus decisiones, la ciudadanía demanda transparencia y responsabilidad... El problema es otro. Seguimos sin transformar la economía lineal a la velocidad que exige el contexto actual.
Los datos son contundentes:
El Circularity Gap Report 2026 estima que la economía mundial pierde cada año 25,4 billones de euros en valor económico evitable debido a prácticas lineales. Eso equivale a casi el 31% del PIB global. Dicho de otra forma, por cada tres euros de valor económico que generamos, uno se pierde por ineficiencias, residuos, infrautilización de activos y destrucción de recursos.
Esta cifra representa un evidente desperdicio material pero también pérdida de competitividad, exposición al riesgo y erosión de resiliencia económica.
El informe identifica cinco grandes vías de pérdida de valor: pérdidas en procesos industriales, ineficiencias energéticas, desperdicio alimentario, residuos al final de vida útil y deterioro prematuro de activos e infraestructuras. Solo las pérdidas energéticas suponen 8,7 billones de euros anuales, mientras que los residuos al final de vida representan otros 10 billones.
Esto nos lleva a la conclusión de que la linealidad, además de insostenible ambientalmente, es profundamente ineficiente económicamente.
Al mismo tiempo, el Global Risks Report 2026 del World Economic Forum incide en que estamos entrando en una década definida por la competencia geoeconómica, la fragmentación de cadenas de suministro y la presión sobre recursos estratégicos.
El informe sitúa la confrontación geoeconómica como el principal riesgo global a corto plazo y advierte de que la degradación ambiental, la escasez de recursos y la polarización social se intensificarán durante los próximos diez años. Y esto son riesgos que ya están impactando en los negocios.
La dependencia de materias primas críticas, la volatilidad energética, las restricciones regulatorias o la vulnerabilidad de las cadenas globales de suministro son hoy problemas operativos reales. Y en ese escenario, la circularidad pasa a convertirse en una estrategia de mitigación de riesgos.
La gran pregunta, entonces, es por qué seguimos avanzando tan lentamente.
Parte de la respuesta está en cómo hemos planteado la conversación durante años. Hemos comunicado la economía circular como una narrativa aspiracional, cuando en realidad es una disciplina operativa. La circularidad no se consigue con declaraciones públicas ni con informes corporativos. Se consigue rediseñando procesos, integrando trazabilidad, midiendo flujos materiales, digitalizando residuos y tomando decisiones basadas en datos.
La circularidad no ocurre porque una empresa dice que es circular. Ocurre cuando sabe exactamente qué materiales utiliza, dónde terminan, cuánto valor pierde y cómo recuperarlo.
Y aquí es donde la tecnología y la ejecución se vuelven determinantes.
No se puede gestionar lo que no se mide. Tampoco se puede cerrar el círculo sin información fiable, interoperabilidad y capacidad de análisis. La transición circular exige infraestructuras digitales capaces de conectar operaciones, regulación y sostenibilidad en tiempo real.
La verdadera circularidad ocurre antes y después del residuo.
Por eso, la próxima década diferenciará entre organizaciones capaces de ejecutar modelos circulares y organizaciones incapaces de adaptarse a un entorno de recursos limitados.
Las compañías que integren circularidad en sus decisiones operativas serán más resilientes frente a la volatilidad de precios, tendrán menor dependencia de materias primas vírgenes, reducirán riesgos regulatorios y accederán con mayor facilidad a financiación e inversión.
En Europa, la regulación avanza hacia modelos basados en responsabilidad ampliada, trazabilidad, reporting obligatorio y gestión avanzada de recursos. Pero el cumplimiento normativo, por sí solo, tampoco basta porque cumplir no es transformar.
La verdadera transformación exige liderazgo empresarial dispuesto a pasar del relato a la ejecución. La realidad obliga traducir la economía circular que ocupa las campañas de comunicación en una nueva lógica industrial.
Y cuanto antes lo entendamos, antes podremos convertir una crisis de recursos en una oportunidad de competitividad y regeneración.
El verdadero problema no es que la transición circular sea demasiado ambiciosa.
El verdadero problema es llegar tarde.